<?xml version="1.0" encoding="utf-8" standalone="yes"?><rss version="2.0" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"><channel><title>Reseñas | guIA</title><link>https://guia.desdeelsur.org/docs/v2/filosofia/resenas/</link><atom:link href="https://guia.desdeelsur.org/docs/v2/filosofia/resenas/index.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><description>Reseñas</description><generator>HugoBlox Kit (https://hugoblox.com)</generator><language>es-ar</language><image><url>https://guia.desdeelsur.org/media/sharing.png</url><title>Reseñas</title><link>https://guia.desdeelsur.org/docs/v2/filosofia/resenas/</link></image><item><title>La democracia no se suprime: se condiciona</title><link>https://guia.desdeelsur.org/docs/v2/filosofia/resenas/innerarity-teoria-critica-ia/</link><pubDate>Mon, 31 Aug 2026 00:00:00 +0000</pubDate><guid>https://guia.desdeelsur.org/docs/v2/filosofia/resenas/innerarity-teoria-critica-ia/</guid><description>
&lt;blockquote class="border-l-4 border-neutral-300 dark:border-neutral-600 pl-4 italic text-neutral-600 dark:text-neutral-400 my-6"&gt;
&lt;p&gt;Innerarity, Daniel (2025). &lt;em&gt;Una teoría crítica de la inteligencia
artificial&lt;/em&gt;. Barcelona: Galaxia Gutenberg. ISBN 978-84-19738-37-0.&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Hay ya tantos libros sobre inteligencia artificial que la propia
bibliografía ha adquirido algo de corpus de entrenamiento: uno los lee con
la sospecha creciente de estar ante recombinaciones cada vez más fluidas de
un material previo que nadie se molesta en cuestionar, distribuidas entre
dos estantes que se ignoran cordialmente, el de la profecía (donde la
humanidad termina como mascota de sus sucesores evolutivos) y el de las
directrices éticas (donde siete principios intercambiables, redactados en
esa prosa de consenso que no ofende a nadie porque no dice nada, garantizan
una tecnología fiable, centrada en el humano y respetuosa con la dignidad).
El libro de Innerarity, galardonado con el III Premio Eugenio Trías y
terminado, según cuenta su autor, en el que fue el despacho de Adorno en el
Institut für Sozialforschung, no pertenece a ninguno de los dos, y su primer
mérito consiste precisamente en explicar por qué ninguno de los dos podía
funcionar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La introducción despacha las alternativas con una economía que conviene
subrayar. La moratoria de 2023 se desmonta no por autoritaria ni por ingenua
sino por incoherente: quien describe una amenaza existencial y a
continuación propone neutralizarla con seis meses de pausa, ese plazo
curiosamente administrativo que parece calculado sobre la duración de un
semestre académico, no está describiendo el mundo sino ejecutando un acto
retórico-performativo, valioso quizá para concitar atención pero inútil como
diagnóstico. La ética recibe una objeción más fina y más importante, porque
no consiste en repetir la denuncia ya rutinaria del &lt;em&gt;ethics washing&lt;/em&gt;, de la
que el autor se distancia expresamente, sino en señalar una insuficiencia
categorial: el eje bien/mal no agota las posibilidades de análisis de lo
real, y un buscador transparente y no discriminatorio sería éticamente
irreprochable mientras deja fuera del examen el hecho, políticamente
decisivo, de que una empresa privada controle la accesibilidad pública de la
información. Queda entonces la crítica, definida sin ninguna concesión
exhortativa: no es una invitación a hacerlo bien sino una indagación de las
condiciones estructurales que permiten o impiden hacerlo bien, y sólo puede
ejercerse si comprende y respeta la complejidad de aquello que critica,
exigencia metodológica por la que el libro pide, con cierto riesgo, ser
juzgado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Las tres partes van de la epistemología a la política. La primera pregunta
qué clase de inteligencia, creatividad, datos y predicción hay realmente
aquí; la segunda, qué clase de cosa es una tecnología, una automatización,
una máquina y una opacidad; la tercera, qué le ocurre a la democracia cuando
esas cosas se instalan en el centro de sus procedimientos. El capítulo
primero, el más extenso, sostiene arquitectónicamente a los restantes
mediante un inventario de las especificidades del conocimiento humano
(sentido común como captación del contexto, reflexividad como saber que se
sabe, saber implícito y corporalidad, versatilidad, gestión productiva del
error y una notable economía energética y epistémica), de modo que quien
impugne ese inventario impugna bastante más que un capítulo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Las aportaciones son varias y desiguales, y al menos cinco merecen circular
por su cuenta. La primera es conceptual: frente al tecnoneutralismo, que
trata la tecnología como herramienta a la espera de un uso virtuoso, y
frente al tecnodeterminismo, que la trata como destino, Innerarity propone
la categoría de condicionamiento, que abre corredores sin prescribir
trayectos, e incita y desincentiva sin causar, con una formulación
afortunada: la inteligencia artificial condiciona mucho más de lo que creen
los neutralistas y determina mucho menos de lo que creen los deterministas,
de manera que insistir en el determinismo no es constatar un hecho sino
ejecutar performativamente una rendición. La segunda es una inversión
frontal de la tesis del capitalismo de la vigilancia: el problema no es que
los sistemas nos conozcan demasiado, sino demasiado poco, porque registran
rutinas y no anhelos, y sobre todo porque, ocupados en condicionar nuestras
decisiones presentes, se desentienden de las futuras; de ahí la fórmula que
probablemente sobrevivirá al libro, a saber, que la democracia no consiste
en hacer lo que queremos sino en poder cambiar lo que queremos. La tercera
desplaza la privacidad del paradigma propietario al colectivo mediante un
argumento de codependencia difícil de refutar: quien cede sus datos no sólo
se deja clasificar, también contribuye a configurar los modelos con que
serán clasificados quienes no cedieron nada, con lo cual el consentimiento
individual, alcanzada cierta masa crítica, se vuelve una ceremonia; la
verdadera autodeterminación no sería poseer los propios datos sino el
derecho a no ser reducido a ellos. La cuarta reorienta el debate sobre
transparencia hacia la justificabilidad y la contestabilidad, tras adoptar
la tipología de opacidades de Burrell (2016) y advertir de que revelar el
algoritmo de puntuación de una plataforma empodera al sistema disciplinario
y no al conductor. La quinta, en el capítulo noveno, construye una
dialéctica en tres tiempos, delegación del control, control de la delegación
y delegación como control, cuya analogía con la integración europea,
intercambio de soberanía por poder, permite definir el populismo con una
precisión inesperada: sobrevaloración del control directo, infravaloración
del control indirecto.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El capítulo decimocuarto contiene la tesis más ambiciosa y también la más
frágil. Innerarity renuncia deliberadamente a defender la democracia por vía
normativa y opta por la epistemológica: hay cosas que la inteligencia
artificial no puede hacer porque no es capaz, no porque no deba, dado que la
política opera en la ambigüedad y la contingencia mientras los algoritmos
exigen claridad y no toleran lo borroso. De ahí una definición residual de
lo político que vale por medio libro: es política aquella decisión que hay
que tomar cuando ya se sabe cuanto podía saberse, se ha consultado a todos
los expertos y se han agotado las técnicas de datificación disponibles, y
sigue sin estar claro qué habría que hacer. La objeción es evidente y el
autor no la afronta: las razones que aduce (extrapolación de patrones
pasados, ausencia de sentido común, incapacidad de reflexividad) son
propiedades de una arquitectura concreta en un momento concreto, no verdades
conceptuales sobre la computación, de manera que un argumento presentado en
registro fuerte se apoya en evidencias que sólo sostienen el registro débil.
Un libro que dedica catorce capítulos a mostrar que la tecnología condiciona
sin determinar acaba concediendo al estado del arte de 2024 una autoridad
que su propia teoría le negaba, y la parte del texto que envejecerá antes
es, con alguna ironía, la que parecía más blindada. La versión robusta del
argumento está a mano y el autor la roza sin adoptarla: lo que resiste la
automatización no es una carencia de las máquinas sino una propiedad de
aquellas decisiones cuya legitimidad depende de su autoría y no de su
corrección.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Dos límites más. Un libro que reclama la genealogía de Fráncfort dedica
sorprendentemente poco espacio a la propiedad de las infraestructuras, la
concentración de cómputo, el trabajo de anotación y los costes energéticos,
de modo que el desplazamiento de la pregunta por quién posee hacia la
pregunta por qué conoce, coherente con el diagnóstico de que el desafío es
antes conceptual que normativo, tiene el precio de dejar sin indagar unas
condiciones estructurales que son, en buena medida, condiciones de
propiedad. Y el final es más demanda que propuesta: parlamentarizar la
digitalización, el parlamento de los algoritmos, el demos digital y la
petición de un discurso de Gettysburg para la era algorítmica son metáforas
potentes emitidas como pagarés institucionales, sin auditorías, fideicomisos
ni mecanismos de contestabilidad que las respalden.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con todo, se trata de la contribución en lengua española más rigurosa
disponible sobre las implicaciones democráticas de la automatización
decisional, y de una de las pocas, en cualquier lengua, que un ingeniero
puede leer sin sentirse caricaturizado y un filósofo sin sentirse
entretenido. Para el campo de los estudios sobre ciencia y tecnología su
utilidad es doble: ofrece una categoría, el condicionamiento, exportable a
otros objetos técnicos, y ofrece un ejemplo poco frecuente de cómo se
sustituye un vocabulario por otro sin fingir que se ha descubierto una
esencia, cuando propone dejar de hablar de impacto y empezar a hablar de
coevolución. Que su tesis central sea deliberadamente sobria, esto es, que
la democracia en la era de la inteligencia artificial ni se superará ni se
suprimirá sino que se condicionará, no debería confundirse con tibieza: es
lo que queda cuando se retiran las dos histerias simétricas, y resulta ser
bastante más de lo que parecía.&lt;/p&gt;
&lt;div class="guia-seguir no-prose"&gt;
&lt;a href="https://guia.desdeelsur.org/docs/v2/filosofia/resenas/leon-xiv-magnifica-humanitas/"&gt;
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&lt;span class="guia-seguir-titulo"&gt;León XIV: Magnifica humanitas&lt;/span&gt;
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&lt;/a&gt;
&lt;/div&gt;</description></item><item><title>El destino universal de los datos</title><link>https://guia.desdeelsur.org/docs/v2/filosofia/resenas/leon-xiv-magnifica-humanitas/</link><pubDate>Fri, 25 Sep 2026 00:00:00 +0000</pubDate><guid>https://guia.desdeelsur.org/docs/v2/filosofia/resenas/leon-xiv-magnifica-humanitas/</guid><description>
&lt;blockquote class="border-l-4 border-neutral-300 dark:border-neutral-600 pl-4 italic text-neutral-600 dark:text-neutral-400 my-6"&gt;
&lt;p&gt;León XIV (2026). &lt;em&gt;Magnifica humanitas. Carta encíclica sobre la custodia
de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial&lt;/em&gt;. Ciudad
del Vaticano, 15 de mayo de 2026.
&lt;img src="https://guia.desdeelsur.org/media/open-access.svg" alt="Acceso abierto" width="14" height="14" style="display:inline-block;vertical-align:middle" /&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Un documento magisterial no es un libro, y reseñarlo como si lo fuera
obliga a una precisión previa. &lt;em&gt;Magnifica humanitas&lt;/em&gt; no propone una tesis
de autor que se pueda aceptar o rechazar en función de la calidad de sus
argumentos. Es el acto normativo de una institución que tiene más de mil
millones de miembros, una red educativa y sanitaria de alcance planetario y
una tradición doctrinal que funciona, en sus propios términos, como un
cuerpo acumulativo en el que cada documento se lee a la luz de los
anteriores. Esa condición determina lo que se le puede pedir. No se le
puede reprochar, por ejemplo, que no discuta la literatura como lo haría un
artículo, pero sí se puede evaluar qué hace con los conceptos que recibe,
qué incorpora de afuera y qué consecuencias institucionales se siguen de lo
que afirma. Leída así, la primera encíclica dedicada a la inteligencia
artificial resulta un texto más interesante de lo que dejaba prever su
recepción periodística, concentrada en la condena de las armas autónomas y
del transhumanismo. Su contribución principal no está en la antropología,
que es en buena medida heredera de la nota &lt;em&gt;Antiqua et nova&lt;/em&gt; (2025), sino
en la doctrina de la propiedad y del poder.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El documento se organiza en cinco capítulos precedidos por una
introducción que fija el marco figurativo: la alternativa entre construir
Babel, una obra de &amp;ldquo;una sola lengua, una sola tecnología, una sola
dirección&amp;rdquo; (§7), y reconstruir con Nehemías las murallas de Jerusalén,
donde cada familia recibe un tramo y nadie &amp;ldquo;impone soluciones desde lo
alto&amp;rdquo; (§8). El primer capítulo reconstruye la tradición de la doctrina
social desde &lt;em&gt;Rerum novarum&lt;/em&gt;, cuyo ciento treinta y cinco aniversario
motiva el texto y cuyo método, el examen de los &amp;ldquo;nuevos asuntos&amp;rdquo; de cada
época, el autor reivindica como propio. El segundo reformula los
principios (dignidad, bien común, destino universal de los bienes,
subsidiariedad, solidaridad, justicia social) y los recalibra para el
entorno digital. El tercero se ocupa de la IA en sentido estricto y de las
corrientes transhumanistas; el cuarto aplica los principios a la verdad
pública, la educación, el trabajo y las nuevas formas de esclavitud; el
quinto trata la guerra y el multilateralismo. La conclusión propone un
programa de vida cristiana que culmina en el Magníficat.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El movimiento doctrinal más relevante se produce en el segundo capítulo y
consiste en extender el destino universal de los bienes a &amp;ldquo;las nuevas
formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales,
infraestructuras tecnológicas, datos&amp;rdquo; (§67). La novedad debe medirse con
cuidado. La subordinación de la propiedad privada al destino universal es
doctrina constante desde León XIII, y Juan Pablo II la había llamado
&amp;ldquo;primer principio de todo el ordenamiento ético-social&amp;rdquo; (§66). Lo que
cambia es el objeto: al incluir en la lista bienes inmateriales cuya
escasez es artificial, producida por regímenes de exclusividad y no por
la naturaleza de la cosa, la encíclica desplaza el principio hacia el
terreno en el que se juega hoy la economía política de la IA. El §108
extrae la consecuencia: los datos &amp;ldquo;son fruto del aporte de muchos y no
pueden ser vendidos o confiados a unos pocos&amp;rdquo;, su propiedad &amp;ldquo;no puede
confiarse sólo al sector privado&amp;rdquo; y conviene gestionarlos &amp;ldquo;como uno de los
bienes comunes o colectivos&amp;rdquo;, con apoyo en la noción de bienes colectivos
de &lt;em&gt;Centesimus annus&lt;/em&gt; (§40). Es difícil exagerar el alcance potencial de
esta formulación, que coloca bajo autoridad magisterial una tesis que la
literatura sobre comunes digitales y gobernanza de datos venía sosteniendo
sin otro respaldo que el académico.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El segundo aporte, probablemente el más original desde el punto de vista
conceptual, es la reformulación de la subsidiariedad. Formulado en
&lt;em&gt;Quadragesimo anno&lt;/em&gt; como límite a la absorción de competencias por
instancias superiores, el principio fue leído durante buena parte del siglo
XX como un argumento contra la expansión del Estado. El §71 lo reorienta:
&amp;ldquo;en el contexto de la revolución digital&amp;rdquo;, el nivel superior &amp;ldquo;no es el
Estado, sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder
fáctico sobre las condiciones de la vida común&amp;rdquo;, y son empresas y
plataformas las que absorben &amp;ldquo;competencias, datos y capacidad decisional&amp;rdquo;.
La exigencia se traduce en instrumentos (auditorías independientes,
transparencia algorítmica, acceso equitativo a los datos, mecanismos de
apelación) y se completa con una advertencia del §109 que tiene valor
teórico propio: la participación de las comunidades no puede quedar
relegada &amp;ldquo;a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido
establecidos en otro sitio&amp;rdquo;. La imagen de Nehemías adquiere aquí un
contenido preciso. Lo que describe es una forma de gobernanza policéntrica
en el sentido de Ostrom, con múltiples centros de decisión anidados y
coordinados por un bien común, y el §153 la convierte en criterio de
política cuando rechaza &amp;ldquo;un modelo de cambio único&amp;rdquo; y pide &amp;ldquo;experimentos
locales&amp;rdquo; y &amp;ldquo;redistribuciones progresivas&amp;rdquo;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El tercer capítulo contiene la tesis que conecta ambos desarrollos con el
debate técnico contemporáneo. La IA no puede considerarse moralmente
neutra porque &amp;ldquo;todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y
prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que
clasifica personas y situaciones&amp;rdquo; (§104), una formulación que cualquier
lector de Langdon Winner reconocerá. De ahí se sigue la afirmación más
filosa del documento, dirigida contra el vocabulario de la industria: no
basta con invocar la &amp;ldquo;alineación&amp;rdquo; de la IA con los valores humanos si no
existe &amp;ldquo;la posibilidad de discutir el código ético que debe ser usado,
sometiéndolo a criterios de justicia social compartida&amp;rdquo;, porque &amp;ldquo;no
serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos
pocos&amp;rdquo; (§107). La categoría de &amp;ldquo;desarme&amp;rdquo; del §110, que pide &amp;ldquo;romper esta
equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar&amp;rdquo; y hacer la IA
&amp;ldquo;discutible, refutable, y por tanto habitable&amp;rdquo;, funciona como síntesis
política del capítulo. En el cuarto capítulo, la descripción del trabajo
invisible del etiquetado y la moderación (§173) y, sobre todo, la tesis
según la cual el colonialismo &amp;ldquo;se apropia de los datos&amp;rdquo; y convierte los
registros sanitarios y genéticos de territorios periféricos en &amp;ldquo;las nuevas
&amp;rsquo;tierras raras&amp;rsquo; del poder&amp;rdquo; (§178) introducen en el lenguaje magisterial una
agenda que hasta ahora pertenecía a los estudios críticos de datos. La
fórmula que cierra ese párrafo (&amp;ldquo;la era digital no será postcolonial, sino
colonial bajo otra forma&amp;rdquo;) tiene la contundencia de las frases destinadas a
ser citadas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Las objeciones empiezan justamente ahí. La primera es de aparato. El
documento reproduce con notable fidelidad categorías elaboradas por Couldry
y Mejias (&lt;em&gt;The Costs of Connection&lt;/em&gt;, 2019), Ricaurte (2019), Gray y Suri
(&lt;em&gt;Ghost Work&lt;/em&gt;, 2019) o Crawford (&lt;em&gt;Atlas of AI&lt;/em&gt;, 2021), pero sus notas
remiten casi exclusivamente al magisterio, a la Comisión Teológica
Internacional y a &lt;em&gt;Antiqua et nova&lt;/em&gt;. La omisión se explica por las
convenciones del género, pero entra en tensión con el §23, que presenta la
contribución de las ciencias sociales como &amp;ldquo;esencial&amp;rdquo; para aplicar los
criterios doctrinales. Tiene además un efecto práctico: el lector que
quiera profundizar no encuentra en las notas ninguna vía hacia la
literatura que ya hizo el trabajo empírico, y la encíclica aparece como
origen de conceptos de los que es, en rigor, destinataria.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La segunda objeción es más sustantiva y se refiere a la distancia entre el
diagnóstico y los instrumentos. El §109 identifica con precisión &amp;ldquo;las
geografías del poder que definen quién puede programar los modelos y quién
es sólo objeto de esa programación&amp;rdquo;, pero cuando el texto pasa a las
propuestas su vocabulario es el del acceso: &amp;ldquo;acceso universal a las
tecnologías y a la formación&amp;rdquo; (§109), inversiones &amp;ldquo;en competencias,
infraestructuras y servicios esenciales&amp;rdquo; (§164). Acceder a un sistema
entrenado en otra parte no redistribuye la capacidad de construirlo,
auditarlo o adaptarlo, que es exactamente lo que el diagnóstico señala como
asimetría. Los instrumentos que la literatura sobre comunes digitales
asocia a esa redistribución (modelos de pesos abiertos, cómputo público,
licencias que permitan estudiar y modificar, infraestructuras de ciencia
abierta) no aparecen en el texto. La exigencia de sustraer la IA &amp;ldquo;a los
monopolios&amp;rdquo; y de volverla &amp;ldquo;refutable&amp;rdquo; (§110) es compatible con ellos y
podría leerse como su fundamento, pero el documento no da ese paso, y el
principio del destino universal queda sin la traducción institucional que
&lt;em&gt;Rerum novarum&lt;/em&gt; sí ofreció en su momento cuando nombró la asociación
obrera.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La tercera objeción se refiere al lugar del Sur global. La expresión
figura una única vez (§204), a propósito del gasto militar, y el resto del
texto sitúa a las regiones periféricas en posición de víctima: &amp;ldquo;reservas de
mano de obra precaria&amp;rdquo; (§153), territorios de extracción mineral y de
datos. El diagnóstico es correcto y su inclusión es un mérito, pero la
omisión de la otra mitad no es neutra. Desde las epistemologías del Sur
(Santos) y desde experiencias como Masakhane o el sistema SciELO/AmeliCA,
el Sur no es sólo el lugar donde se padece la asimetría sino también un
lugar donde ya existen alternativas institucionales en funcionamiento, a
menudo más cercanas a la gobernanza de comunes que la encíclica propone que
cualquier arreglo del Norte. Un texto que eligió como figura central a
quien reconstruye escuchando a cada familia habría ganado mucho
reconociendo quién ya estaba construyendo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La cuarta objeción es de coherencia interna. El §72 confía a &amp;ldquo;los estados
y las instituciones supranacionales&amp;rdquo; la garantía de reglas justas y
mecanismos de protección eficaces; el §201 constata que esas instituciones
están debilitadas y que el orden internacional se ha convertido en &amp;ldquo;un
multipolarismo desordenado y conflictivo&amp;rdquo;. El documento no articula qué
hacer en el intervalo, ni qué actores no estatales podrían sostener las
auditorías y la participación que exige, y es precisamente en ese
intervalo donde se consolidan los arreglos que después resultan difíciles
de revertir. A esto se agrega el tratamiento ambiental. El §101 reconoce
el consumo de energía y agua, pero lo resuelve en un párrafo que confía en
&amp;ldquo;soluciones tecnológicas más sostenibles&amp;rdquo;, un remedio llamativamente
técnico dentro de un texto que se define contra el paradigma tecnocrático
y que tiene detrás el precedente mucho más exigente de &lt;em&gt;Laudato si&amp;rsquo;&lt;/em&gt;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Corresponde, por último, registrar lo que el documento hace consigo mismo,
porque condiciona su credibilidad como texto de gobernanza. La sección
titulada &amp;ldquo;Un examen para la Iglesia&amp;rdquo; (§86-89) aplica hacia adentro la
subsidiariedad y la rendición de cuentas y pide organismos de participación
&amp;ldquo;reales, no nominales&amp;rdquo;; el §176 pide perdón por la legitimación pontificia
de la esclavitud en la Edad Moderna. Son gestos que los códigos de
conducta corporativos rara vez incluyen. No eliminan la tensión de una
institución fuertemente centralizada que predica la descentralización, ni
la de un texto que, en su sección sobre educación (§144), pasa del
diagnóstico de la desigualdad a la defensa del sostén público de las
instituciones privadas, entre ellas las propias.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con todo, se trata de una de las intervenciones normativas más ambiciosas
sobre la gobernanza de la inteligencia artificial producidas fuera del
Estado y de la industria, y de la única con una red institucional capaz de
llevarla a escuelas, universidades y organizaciones sociales de todo el
mundo. Para los estudios sobre ciencia y tecnología su utilidad es doble.
Ofrece una categoría, la subsidiariedad invertida, que permite describir el
poder de plataforma en un vocabulario reconocible por tradiciones políticas
que desconfían tanto del Estado como del mercado. Y ofrece una tesis, la de
que la alineación de los sistemas es una cuestión de justicia y no sólo de
ingeniería, con una autoridad que ningún paper puede darle. Que su
programa quede sin instrumentos no es, en la tradición en la que se
inscribe, un defecto definitivo: &lt;em&gt;Rerum novarum&lt;/em&gt; tampoco los tenía, y los
fueron construyendo durante décadas quienes la leyeron como programa. La
pregunta que deja abierta es quiénes van a hacer esa lectura esta vez.&lt;/p&gt;</description></item></channel></rss>