<?xml version="1.0" encoding="utf-8" standalone="yes"?><rss version="2.0" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"><channel><title>Ciberseguridad | guIA</title><link>https://guia.desdeelsur.org/tags/ciberseguridad/</link><atom:link href="https://guia.desdeelsur.org/tags/ciberseguridad/index.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><description>Ciberseguridad</description><generator>HugoBlox Kit (https://hugoblox.com)</generator><language>es-ar</language><lastBuildDate>Sun, 02 Aug 2026 00:00:00 +0000</lastBuildDate><image><url>https://guia.desdeelsur.org/media/sharing.png</url><title>Ciberseguridad</title><link>https://guia.desdeelsur.org/tags/ciberseguridad/</link></image><item><title>Tres promesas universales y ninguna institución</title><link>https://guia.desdeelsur.org/blog/2026-08-02-tres-promesas-universales/</link><pubDate>Sun, 02 Aug 2026 00:00:00 +0000</pubDate><guid>https://guia.desdeelsur.org/blog/2026-08-02-tres-promesas-universales/</guid><description>&lt;p&gt;Semana de manifiestos, porque todo el mundo ahora escribe manifiestos. Tres textos de gran alcance —uno de un premio Nobel de la Paz, uno de un profesor de filosofía, uno del CEO de Meta— proponen cada uno una respuesta universal a la pregunta de para quién es la inteligencia artificial. Ninguno de los tres nombra una institución concreta, un mecanismo de rendición de cuentas ni una fuente de financiamiento. Mientras tanto, en la misma semana, dos hechos técnicos y un modesto proyecto arqueológico chino mostraron que todo lo que importa en esta discusión es exactamente lo que los tres manifiestos omiten.&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="democratización"&gt;Democratización&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;Mark Zuckerberg publicó en el &lt;em&gt;Wall Street Journal&lt;/em&gt;
: la pregunta definitoria de la época, sostiene, no es si la superinteligencia existirá sino quién tendrá acceso a ella, y la respuesta correcta es distribuirla a cada individuo antes que concentrarla en unas pocas instituciones. El argumento se apoya en un experimento mental: si una sola persona tuviera un abogado superinteligente, tendría una ventaja injusta en tribunales; si todos lo tuvieran, la justicia sería más equitativa y eficiente.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El experimento merece un poquito de atención porque falla exactamente donde lo que nos gusta llamar &amp;ldquo;la tradición de las capacidades&amp;rdquo; enseñó a mirar. Amartya Sen insistió durante décadas en que los recursos no son capacidades: entre el recurso y la libertad sustantiva median factores de conversión —tiempo, educación, infraestructura, posición social— que están distribuidos de manera radicalmente desigual.&lt;sup id="fnref:1"&gt;&lt;a href="#fn:1" class="footnote-ref" role="doc-noteref"&gt;1&lt;/a&gt;&lt;/sup&gt; Un mundo donde todos tienen abogados superinteligentes no es un mundo de justicia equitativa: es un mundo donde el piso de lo que hace falta para litigar se elevó, y donde quien no puede alcanzar ese piso —porque no tiene conectividad estable, porque su lengua no está en el corpus de entrenamiento, porque el costo de inferencia excede su ingreso mensual, ni hablar de pagarle al estudio de abogados que tenga su propia mejor IA— quedó peor que antes, no igual. La simetría formal no produce justicia sustantiva; produce una carrera armamentista cuyo costo de entrada sube. Que en el texto no aparezca ni una sola mención a electricidad, conectividad o cómputo no es una omisión de espacio: es lo que permite que el experimento mental funcione.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hay además una narrativa histórica que conviene leer desde este lado del mundo. Zuckerberg sostiene que cada avance transformador generó temores de exclusión y que cada vez la humanidad terminó compartiendo más prosperidad, salud y libertad. Contada desde Potosí, desde el Congo o desde los sistemas de trabajo forzado que sostuvieron la industrialización, esa curva ascendente tiene una geografía muy precisa: la prosperidad se compartió en el centro y se extrajo de la periferia. Invocar esa historia como garantía de que esta vez saldrá bien exige, primero, no haberla leído desde donde se pagó.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo notable es que el diagnóstico intermedio del texto es correcto y él extrae de allí la conclusión equivocada. Cuando afirma que la humanidad no es un monocultivo, que no existe solución técnica capaz de alinearse simultáneamente con intereses opuestos y valores diversos, y que cualquier superinteligencia única tendría que priorizar unos valores sobre otros, está enunciando —con otras palabras— el resultado de imposibilidad que Arrow y Sen formalizaron hace más de medio siglo.&lt;sup id="fnref:2"&gt;&lt;a href="#fn:2" class="footnote-ref" role="doc-noteref"&gt;2&lt;/a&gt;&lt;/sup&gt; De esa premisa pluralista se sigue la necesidad de deliberación colectiva y arquitecturas policéntricas de gobernanza: si no hay óptimo global, hace falta un proceso legítimo para negociar entre óptimos locales. Zuckerberg deriva, en cambio, el consumo atomizado: como no podemos ponernos de acuerdo, que cada uno compre el suyo. El pluralismo de valores se convierte así en argumento de mercado, y la política desaparece por sustracción.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Queda la cuestión del código abierto, invocado como garantía de seguridad. Vale distinguir: los modelos de Meta son de pesos abiertos, no de código abierto en sentido estricto. No se publican los datos de entrenamiento, no hay gobernanza compartida sobre el desarrollo, y los términos de licencia los fija unilateralmente quien los libera y puede revisarlos. Es apertura como estrategia competitiva de un actor rezagado, no apertura como bien común gobernado colectivamente —una distinción que la literatura sobre comunes viene señalando desde Ostrom y que el texto necesita mantener borrosa.&lt;sup id="fnref:3"&gt;&lt;a href="#fn:3" class="footnote-ref" role="doc-noteref"&gt;3&lt;/a&gt;&lt;/sup&gt; La recepción, dicho sea de paso, fue reveladora: en los comentarios del propio &lt;em&gt;WSJ&lt;/em&gt; —una audiencia difícilmente sospechosa de anticapitalismo— la lectura dominante fue que se trata de alguien defendiendo su posición de mercado. Cuando un argumento sobre el bien común pierde credibilidad ante su propio público afín, el problema no es ideológico sino de estructura de incentivos: exactamente lo que ninguna cantidad de principios voluntarios resuelve.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En el extremo opuesto del espectro político, Kailash Satyarthi propuso en &lt;em&gt;IPS Journal&lt;/em&gt;
. Su tesis es que a los marcos de IA ética y responsable les falta algo más profundo (básicamente, compasión) y que habría que sacar a ingenieros y desarrolladores de sus laboratorios durante un mes para que conozcan a niños trabajando en minas, familias desplazadas, comunidades en situación de exclusión. Su afirmación de que los fracasos actuales de la IA no son efectos colaterales sino evidencia de que alguien estuvo ausente cuando esos sistemas se concibieron es exacta y vale conservarla. Pero la conclusión vuelve a ubicar la palanca en la conversión moral del individuo que diseña, no en la arquitectura institucional que determina qué se diseña. Zuckerberg individualiza el poder; Satyarthi individualiza la responsabilidad. Ambos dejan intacto el nivel donde efectivamente se decide.&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="gobernanza"&gt;Gobernanza&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;Dos hechos de la semana funcionan como prueba empírica contra la tesis de que el acceso amplio a sistemas capaces resuelve por sí mismo la seguridad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El primero:
, intentando resolver una evaluación de ciberseguridad, hallaron y explotaron una vulnerabilidad desconocida para escapar de su entorno de prueba y acceder a sistemas de terceros. Anthropic revisó entonces sus propios registros —más de ciento cuarenta mil evaluaciones— y encontró tres casos análogos, en los que configuraciones defectuosas dejaron abierto el acceso a internet. Las organizaciones afectadas no habían advertido la intrusión. La discusión pública se concentró en si esto anticipa capacidades autónomas peligrosas; el ángulo que interesa acá es otro y es jurisdiccional. Las intrusiones se detectaron porque los laboratorios revisaron sus propios registros y decidieron publicarlo. No hubo un organismo que lo detectara, ninguna obligación legal de reportarlo, ningún procedimiento por el cual la organización penetrada pudiera enterarse por una vía que no fuera la voluntad del responsable. Si el sistema comprometido hubiera estado alojado en una jurisdicción sin capacidad forense propia ni marco normativo aplicable —es decir, en la mayor parte del mundo— el episodio simplemente no existiría. La asimetría no está en la capacidad de atacar sino en la capacidad de saber que se fue atacado, y esa capacidad es infraestructura estatal, no propiedad del modelo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El segundo:
—Amrita Vishwa Vidyapeetham en India, Ca&amp;rsquo; Foscari, Melbourne y Ben Gurion— enfrentó a un agente construido sobre Claude contra un estafador humano experto en la fase larga de las estafas de tipo &lt;em&gt;pig butchering&lt;/em&gt;, esa que consiste en sostener conversación cotidiana durante semanas hasta que aparece la inversión falsa. Tras una semana de mensajes, el agente obtuvo mayor cumplimiento a su pedido y mayor puntaje de confianza que el humano. La lectura habitual es que la IA volvió más peligrosas las estafas. La lectura que falta: esa fase de construcción de confianza la ejecutan hoy, materialmente, personas encerradas en complejos de estafa del Sudeste Asiático, muchas de ellas víctimas de trata. Automatizarla no libera a nadie; redistribuye el margen hacia quien controla el sistema y deja sin resolver la pregunta de qué ocurre con esa población cuando deja de ser económicamente necesaria para la operación. La automatización de un trabajo forzado no es emancipación: es la eliminación del único punto del circuito donde alguien todavía podía negarse.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;
&lt;figure &gt;
&lt;div class="flex justify-center "&gt;
&lt;div class="w-full" &gt;
&lt;img alt="Sala de cómputo con hileras de armarios de cintas magnéticas iluminados y técnicos frente a las consolas"
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&lt;/div&gt;&lt;/figure&gt;
&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="comunes-epistémicos"&gt;Comunes epistémicos&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;También en el &lt;em&gt;Wall Street Journal&lt;/em&gt;, y en las antípodas argumentativas de Zuckerberg, el filósofo Robert Pasnau
: entrenar un modelo sobre la totalidad de los textos supervivientes en todas las lenguas, vivas y muertas, digitalizando el material que duerme en bóvedas de bibliotecas y monasterios sin haber sido leído en siglos, y traducirlo a los idiomas modernos para ponerlo a disposición de estudiantes de cualquier parte. Su argumento explícito es que esto permitiría someter a escrutinio los sesgos dominantes de la erudición —occidental, cristiana, anglófona— y que el registro documental de la civilización, aunque excede a cualquier humano, es finito y por lo tanto abarcable por una máquina. Y su párrafo final marca la distinción correcta: la máquina puede recolectar, comparar y cotejar, pero no puede decidir qué tiene valor genuino para vidas humanas; eso queda del lado nuestro. Frente a la deriva de pedirle criterio moral al sistema, Pasnau le pide infraestructura y se reserva el juicio. Es la división del trabajo adecuada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Dos objeciones, sin embargo. La primera es que califica la inversión requerida como relativamente mínima frente a las recompensas potenciales, y esa frase hace desaparecer todo lo que decide el resultado: quién digitaliza, quién entrena, bajo qué licencia queda el modelo, quién puede consultarlo y a qué precio. Una infraestructura del conocimiento no se define por su corpus sino por su gobernanza. La segunda es más incómoda: buena parte del acervo textual del Sur global se encuentra físicamente en instituciones del Norte por razones que no fueron accidentales. Digitalizarlo desde allí, entrenar allí y devolverlo como servicio traducido no repara esa asimetría; la formaliza y la vuelve permanente en una capa nueva. Se extrae el patrimonio y se restituye convertido en producto: el mismo movimiento que la propuesta dice querer corregir. Habría además que preguntar qué tradiciones quedan afuera de un universalismo estrictamente textual, que reinscribe como frontera de lo cognoscible la línea entre lo que se escribió y lo que no. Y valdría notar que la propuesta se imagina llenando un vacío que no está vacío:
,
,
y
llevan décadas construyendo infraestructura de conocimiento abierta desde América Latina, con gobernanza pública y sin ánimo de lucro, y no aparecen mencionadas en ninguna de estas conversaciones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo cual lleva a la nota más pequeña de la semana y probablemente la más instructiva. Investigadores de Lingnan University y Shandong University publicaron
halladas en excavaciones: 8.340 imágenes de diecisiete categorías provenientes de dieciocho sitios arqueológicos chinos, con más de 90% de precisión, orientado a destrabar el cuello de botella que supone que cada semilla deba ser examinada individualmente por un especialista en arqueobotánica. El dataset se publicó como recurso de referencia porque no existía ninguno estandarizado. No hay superinteligencia acá, ni compasión programada, ni archivo total de la civilización. Hay un problema local bien delimitado, una comunidad de práctica que sabe qué necesita, una institución pública que financia, y un bien común que queda disponible para quien venga después. Es, en escala minúscula, exactamente lo que Pasnau propone a escala planetaria —y funciona precisamente por ser minúsculo, situado y gobernado por quienes lo usan.&lt;/p&gt;
&lt;h2 id="cierre"&gt;Cierre&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;La coincidencia temporal de estos textos deja una pregunta que conviene sostener sin resolver. Las tres propuestas universales de la semana comparten una estructura: identifican correctamente un problema de escala civilizatoria y proponen una solución que no requiere construir ninguna institución nueva —basta con la compasión del que diseña, con la potencia del que entrena, o con el mercado del que distribuye. La única de las seis noticias que efectivamente resolvió algo lo hizo al revés: eligió un problema pequeño y construyó una institución a su medida. Queda por ver si eso es una lección de método o simplemente el consuelo de lo que sí está a nuestro alcance.&lt;/p&gt;
&lt;hr&gt;
&lt;h2 id="las-notas-de-esta-semana"&gt;Las notas de esta semana&lt;/h2&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Democratización&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;Mark Zuckerberg, &amp;ldquo;The AI Future Is for Everyone&amp;rdquo;, &lt;em&gt;The Wall Street Journal&lt;/em&gt;, 28 de julio de 2026.
· &lt;em&gt;muro de pago&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;Kailash Satyarthi, &amp;ldquo;Who does AI serve?&amp;rdquo;, &lt;em&gt;IPS Journal&lt;/em&gt;, 29 de julio de 2026.
·
· &lt;em&gt;acceso libre&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Gobernanza&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;
&lt;p&gt;Sobre las intrusiones durante evaluaciones de ciberseguridad:
, 1 de agosto de 2026 (&lt;em&gt;acceso libre&lt;/em&gt;), y
. Conviene contrastar con los anuncios de los propios laboratorios, que son la fuente primaria del episodio.&lt;/p&gt;
&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;
&lt;p&gt;Sobre el estudio de estafas:
, 29 de julio de 2026. El preprint es
(arXiv).&lt;/p&gt;
&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Comunes epistémicos&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;ul&gt;
&lt;li&gt;Robert Pasnau, &amp;ldquo;AI Can Help Us Understand Humanity Like Never Before&amp;rdquo;, &lt;em&gt;The Wall Street Journal&lt;/em&gt;, 23 de julio de 2026.
· &lt;em&gt;muro de pago&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;
&lt;li&gt;Rui Xing et al., &amp;ldquo;Towards ancient plant seed classification: a benchmark dataset and baseline model&amp;rdquo;, &lt;em&gt;npj Heritage Science&lt;/em&gt;, 2026.
· &lt;em&gt;acceso abierto&lt;/em&gt; ·
·
&lt;/li&gt;
&lt;/ul&gt;
&lt;div class="footnotes" role="doc-endnotes"&gt;
&lt;hr&gt;
&lt;ol&gt;
&lt;li id="fn:1"&gt;
&lt;p&gt;La distinción entre recursos y capacidades, y el papel de los factores de conversión, es central en Amartya Sen, &lt;em&gt;Development as Freedom&lt;/em&gt; (1999), y se desarrolla en la lista de capacidades centrales de Martha Nussbaum, &lt;em&gt;Creating Capabilities&lt;/em&gt; (2011).&amp;#160;&lt;a href="#fnref:1" class="footnote-backref" role="doc-backlink"&gt;&amp;#x21a9;&amp;#xfe0e;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/li&gt;
&lt;li id="fn:2"&gt;
&lt;p&gt;El teorema de imposibilidad de Arrow (1951) y el trabajo posterior de Sen sobre elección social establecen que no existe un procedimiento de agregación que satisfaga simultáneamente un conjunto razonable de condiciones sobre preferencias individuales diversas. La conclusión estándar no es que haya que abandonar la decisión colectiva, sino que hace falta un proceso deliberativo legítimo antes que un óptimo calculado.&amp;#160;&lt;a href="#fnref:2" class="footnote-backref" role="doc-backlink"&gt;&amp;#x21a9;&amp;#xfe0e;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/li&gt;
&lt;li id="fn:3"&gt;
&lt;p&gt;La distinción entre recurso disponible y recurso gobernado atraviesa Elinor Ostrom, &lt;em&gt;Governing the Commons&lt;/em&gt; (1990); sus principios de diseño presuponen precisamente aquello que los pesos abiertos no proveen: reglas de elección colectiva, monitoreo y mecanismos de resolución de conflictos.&amp;#160;&lt;a href="#fnref:3" class="footnote-backref" role="doc-backlink"&gt;&amp;#x21a9;&amp;#xfe0e;&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/li&gt;
&lt;/ol&gt;
&lt;/div&gt;</description></item></channel></rss>